Desmontando un elefante

Desmontando un elefante – El peso de lo que no se dice

Desmontando un elefante es un drama familiar contenido y silencioso que se sumerge en el peso de las adicciones y las heridas no cicatrizadas. Dirigida por Aitor Echevarría, la película plantea una reflexión sobre lo que significa reconstruirse a uno mismo cuando el pasado aún proyecta su sombra. Con interpretaciones destacadas de Emma Suárez y Natalia de Molina, este relato apuesta por la sobriedad y la introspección en lugar de la confrontación directa.

Un drama que sugiere más de lo que muestra

La historia sigue a Marga, una arquitecta de éxito que regresa a casa tras un ingreso en rehabilitación por alcoholismo. Su vuelta altera el frágil equilibrio familiar, especialmente la relación con su hija menor, Blanca, quien debe lidiar con la atención que ahora gira en torno a su madre.

Elipsis y silencios como motor narrativo

El film evita los grandes momentos de explosión emocional y, en su lugar, apuesta por una narración fragmentada y llena de silencios incómodos. Es un drama contenido que deja que el espectador complete los espacios en blanco, lo cual puede ser una decisión arriesgada pero también frustrante para algunos.

Emma Suárez y Natalia de Molina: la fuerza del reparto

El mayor atractivo de la película reside en su dúo protagonista. Emma Suárez entrega una interpretación llena de matices, transmitiendo la lucha interna de Marga sin necesidad de grandes gestos. A su lado, Natalia de Molina aporta una intensidad sutil pero potente, encarnando a una hija que intenta entender y soportar la carga emocional que conlleva la enfermedad de su madre.

Relaciones tensas y emociones contenidas

La dinámica entre madre e hija es el corazón de la película. La química entre ambas actrices dota a la historia de autenticidad, reflejando con honestidad la complejidad de los vínculos familiares cuando el amor y el resentimiento coexisten.

Un guion que se queda a medias

El guion de Aitor Echevarría y Pep Garrido se mueve con elegancia entre lo explícito y lo sugerido, pero en algunos momentos parece rehuir el verdadero conflicto. La historia tiene todos los elementos para ser un drama demoledor, pero se mantiene en una zona de frialdad emocional que puede hacer que algunos espectadores sientan que falta algo.

Un retrato de la adicción desde la distancia

El alcoholismo, ese «elefante en la habitación», está presente en la historia, pero rara vez de manera directa. La película habla de sus consecuencias sin mostrar demasiado el problema en sí, lo que refuerza su tono sutil pero también deja la sensación de que se podría haber explorado con más profundidad.

Dirección y estilo visual

Aitor Echevarría apuesta por una puesta en escena sobria y minimalista, con una cámara que observa sin entrometerse. La fotografía de Pau Castejón refuerza esta sensación con una iluminación fría y una composición visual calculada, donde los espacios abiertos y las barreras arquitectónicas reflejan el estado emocional de los personajes.

Un estilo contenido, casi distante

La casa acristalada en la que transcurre gran parte de la acción se convierte en un personaje más, simbolizando tanto la transparencia como la distancia emocional entre los protagonistas. La dirección de Echevarría se mantiene fiel a este enfoque, sin caer en dramatismos innecesarios.

Un final que no sacude, pero deja huella

Sin grandes golpes de efecto, el desenlace de Desmontando un elefante sigue la misma línea de contención que el resto del film. No hay catarsis, solo una aceptación pausada de que el dolor y la recuperación son procesos lentos y difíciles.

Una conclusión acorde a su tono

El cierre puede resultar insatisfactorio para quienes esperen una resolución clara, pero es coherente con la historia que la película ha construido: un relato donde el cambio no llega de golpe, sino en pequeñas dosis de introspección.

Nota final: Un drama elegante pero distante

Desmontando un elefante es una película que apuesta por la contención, tanto en su guion como en su puesta en escena. Sus interpretaciones brillan y su propuesta visual es impecable, pero la falta de un verdadero clímax emocional puede hacer que deje una sensación de frialdad. Para quienes disfruten del drama psicológico más sutil, será una experiencia enriquecedora; para otros, puede parecer una historia que se queda a medio camino.

Scroll al inicio