La semilla de la higuera sagrada – Poder, paranoia y la opresión hecha cine
Mohammad Rasoulof entrega con La semilla de la higuera sagrada un thriller político que arde con la rabia de quien ha sufrido en carne propia la represión de su país. Inspirado en la paranoia del régimen iraní, el film se adentra en el derrumbe moral de un juez de Teherán que, tras perder su pistola, convierte su hogar en un estado policial en miniatura. Es un relato opresivo, incómodo y, en ocasiones, brillantemente sofocante.
Un drama familiar convertido en una alegoría de la represión
Rasoulof es un maestro en transformar conflictos domésticos en bombas de relojería. Aquí, el protagonista, Iman, pasa de ser un padre de familia a un tirano dentro de su propia casa. La desaparición de su pistola es la excusa para desatar un régimen de sospecha y vigilancia, reflejando de manera escalofriante la dinámica de poder en Irán. A través de él, la película explora cómo el miedo y el control se infiltran en cada aspecto de la vida cotidiana.
Un guion que fascina y agota
Aunque el film arranca con una tensión casi insoportable, su tramo final se enreda en sus propias metáforas. La transición de un drama familiar a un thriller político puro es efectiva, pero en su última hora la historia se vuelve redundante y cae en simbolismos demasiado obvios. Es cine de denuncia de alto nivel, pero no siempre consigue mantener el equilibrio entre discurso y narrativa.
Interpretaciones que sostienen el peso del film
Soheila Golestani brilla en el papel de la esposa atrapada entre la lealtad y la supervivencia. Su contención y angustia dan credibilidad a una historia que por momentos roza la hipérbole. El resto del reparto cumple con creces, aunque los personajes a veces funcionan más como símbolos que como individuos con matices.
Un protagonista que se hunde en su propia oscuridad
El actor que interpreta a Iman (Missagh Zareh) hace un trabajo impresionante al mostrar la progresiva descomposición de su personaje. Su interpretación es tan precisa que consigue que cada gesto y mirada sean una amenaza latente, contribuyendo al tono opresivo del film.
Estética austera para una historia asfixiante
La puesta en escena es deliberadamente sobria. Rasoulof renuncia a cualquier estilización y nos encierra en espacios cerrados, en habitaciones que se transforman en prisiones simbólicas. La fotografía juega con luces frías y encuadres cerrados, reforzando la sensación de claustrofobia. Es un cine seco, pero efectivo.
Una dirección comprometida, pero con altibajos
Si bien el compromiso político del director es incuestionable, en ciertos momentos parece que su mensaje pesa más que la película en sí. La historia es poderosa, pero la estructura se alarga innecesariamente, con secuencias que refuerzan lo que ya se ha dicho una y otra vez. La fuerza del relato sigue ahí, pero la contundencia de la primera mitad se diluye con el tiempo.
Conclusión: Cine necesario, pero no redondo
La semilla de la higuera sagrada es un film que duele, que golpea, que incomoda. Su capacidad para capturar la represión sistémica a través de una historia íntima es admirable. Sin embargo, su guion a veces se torna demasiado didáctico y su duración (casi tres horas) juega en su contra. A pesar de ello, sigue siendo una de las películas más valientes del año.
Nota final: Una denuncia poderosa que se enreda en sus propias ambiciones
Es cine con mensaje, pero no siempre cine eficaz. Aunque es un thriller absorbente y una bofetada a la opresión iraní, su narrativa a veces se pierde en su propia gravedad. Aun así, Rasoulof sigue demostrando que su cine es un acto de resistencia, y eso es motivo suficiente para que esta película merezca la pena ser vista.